PLÁCIDO (1961)

ESTRENO: 20 de OCTUBRE de 1961
DURACIÓN: 1 h 27 min
Depósito Legal: 5927-1961

Dirección: Luis García Berlanga 
Argumento: Luis G. Berlanga/Rafael Azcona
Guión: Luis G. Berlanga, Rafael Azcona, José Luis Colina, José Luis Fonto
Música: Miguel Asins Arbó
Fotografía: Francisco Sempere
Productor ejecutivo: Alfredo Matas

Plano inicial, con motocarro de Plácido y estrella de Oriente al fondo

24 de diciembre. Gabino Quintanilla (José Luis López Vázquez) es el encargado de dirigir una campaña navideña organizada por unas burguesas de provincias cuyo lema es: «Siente un pobre a su mesa». El objetivo no es otro que el de ayudar a que los más necesitados compartan la cena de Nochebuena con familias acomodadas y disfruten del calor y el afecto que no tienen durante el resto del año. Plácido (Cassen) ha sido contratado para participar con su motocarro en la cabalgata, pero surge un problema que le impide centrarse en su trabajo: ese mismo día vence la primera letra del vehículo, que es su único medio de subsistencia. La película nos hará acompañar a ambos personajes durante el día de Nochebuena, una odisea a la que se unirán muchos otros a lo largo de la historia, en un frenético viaje por una ciudad de provincias en la España de los sesenta para poder hacer frente a la letra que le haría perder a Plácido su herramienta de trabajo. 

Plácido intenta pagar la letra de 7.000 pesetas
Las «artistas de Madrid» que vienen para contribuir a la colecta navideña para los pobres son recibidas en la estación

La trama de Plácido gira en torno a la celebración de las fiestas navideñas en una pequeña ciudad de provincia española y se inspira en una traslación, al pie de la letra, del lema de la campaña que cada Navidad, desde mediados de los años 50, llevaba a cabo una rama de la Congregación de la Medalla Milagrosa con el amparo del régimen franquista. El lema en cuestión era “Siente un pobre a su mesa” (por cierto, el título original de la película, que la censura obligó a cambiar) y servía para promover en esas fechas tan señaladas un sentimiento de caridad cristiana que fomentara la donación de alimentos y ropas para los pobres.

FRASE DE LA PELÍCULA

«Necesitamos el concurso de todos, de pobres y de ricos, porque para la caridad no hay fronteras. Toda la ciudad debe sumarse a nuestra campaña «Cene con un pobre». Que por una noche seamos todos hermanos, que por una noche los duros de corazón sean generosos, que por una noche cenen los pobres. Esta campaña está patrocinada por Ollas Cocinex, las mejores ollas a vapor del mundo».

La cabalgata de beneficencia con las artistas se cruza con un entierro

Berlanga encontró en el neorrealismo italiano una fuente de inspiración que queda plasmado en sus películas de los sesenta. Veía que este estilo era el único modo de dar testimonio de la realidad que vivía el país, rompiendo con el cine de la época y saliendo a la calle a rodar en exteriores. El neorrealismo era considerado como sinónimo de sencillez artística, y su intención consistía en buscar y aproximarse a la verdad.  A esa visión contribuyen, por supuesto, los geniales diálogos de Rafael Azcona a los que contribuyeron el propio Berlanga, José Luis Colinas y José Luis Font y, muy especialmente, la brillante realización de Luis García Berlanga.  Plácido es la primera de las muchas colaboraciones entre Berlanga y Azcona. De este tándem saldrían muchos filmes llenos de humor ácido y sátira social, entre los que brilla con luz propia esta parodia de la campaña navideña que el régimen franquista había puesto en marcha ese año. A medida que avanza Plácido, la tensión narrativa crece y los contrastes se acumulan dando lugar a esa realidad deformada cercana la absurdo. Así, cuando la cabalgata con estrella de Belén, ollas a presión gigantes y artistas con fanfarria se cruza con la comitiva del entierro, el resultado es una lenta y elegante secuencia que mantiene fijo el plano general de cuyos ángulos superior e inferior izquierdos salen las dos hileras, la festiva y la mortuoria, creándose una situación imposible en cuanto al contenido, pero coherente respecto a la estructura narrativa.

La subasta de los artistas

El film se organiza alrededor de dos ejes narrativos: el primero, la organización de una cabalgata navideña que culminará con la subasta de pobres locales y artistas foráneos, destinados ambos a aderezar durante la cena de nochebuena las mesas de los afortunados; el segundo, la urgencia que tiene Plácido por pagar antes de su vencimiento la primera letra de su motocarro.

Don Poli (José Gavilán), dentista, explica la reconstrucción de la dentadura de su perro Tupi ante la atenta mirada del pobre protagonizado por Luis Ciges

Berlanga articula varios planos-secuencia para dar entrada a una gran variedad de personajes, hasta conformar un laberinto de idas y venidas con los caminos de todos ellos perfectamente delimitados:

  1. La presentación de la familia Helguera con las preocupadas idas y venidas de la señora por la enfermedad del pobre.
  2. La comunicación por la ventana con el piso de abajo.
  3. El piso de abajo con el dentista, el perro y el pobre.
  4. El portal de la casa, el dentista y los Galán subiendo la escalera.
  5. Interior del dormitorio con el pobre acostado, vestíbulo con los que llegan; comedor, saludos y presentaciones; comer, beber, Plácido y su cesta; dormitorio y mención de Concheta.
La segunda cabalgata

LOCALIZACIÓN

El RODAJE, que empezó el 27 de febrero de 1960 y se prolongó durante siete semanas en MANRESA (Barcelona), contó con un reparto coral en el que encontramos a actores de la talla de Manuel Alexandre, Elvira Quintilla, Agustín González, Antonio Ferrandis, Amparo Soler Leal, y un debutante, el cómico Castro Sendra Barrufet (Cassen), que sorprendió al público con esta primera experiencia cinematográfica. El film marcó, además, el principio de una estrecha y fructífera colaboración con el productor Alfredo Matas.

Amparo Soler Leal y Antonio Ferrandis, actores que repetirán con Berlanga en La escopeta Nacional quince años después
Álvaro Gil (Agustín González) le presta su aspirador para la sinusitis a Gabino delante de Plácido

AUSTRO-HÚNGARO, LA PALABRA FAVORITA DE BERLANGA

La palabra se menciona en todos los films de Berlanga. En esta ocasión, el encargado de pronunciarla es Félix Fernández, pobre que está cenando en la casa de una de las familias que organizan la iniciativa navideña, en referencia a la guerra en la que participó cuando era joven. Curiosamente será el mismo actor quien pronunciará la palabra en la siguiente película de Berlanga, El verdugo. En la imagen inferior se le puede apreciar comiendo con Maruja Collado, una de las artistas de Madrid.

Félix Fernández y Carmen Valencia

HISTORIA Y CULTURA DE ESPAÑA

El humor de Plácido es negro como el carbón, y nadie se salva del fariseismo moral. La hipocresía de burgueses que sólo buscan aliviar sus conciencias da pie a gags memorables: la elección del viejito más adecuado para adornar la cena. La mala leche alcanza cotas tan gozosas que linda el surrealismo, como el hecho de que la esposa de Plácido trabaje y pase el día en los urinarios públicos, o que el país esté más preocupado de que «no se blasfeme» a que sus pobres puedan comer cada día y no pasen frío, un frío que puede sentirse a lo largo de toda la película y que es continuamente mencionado por todos sus personajes.

La película fue seleccionada por la Academia de Hollywood para participar en los Oscar categoría de Mejor Película del año en lengua no inglesa. Sin embargo, el premio se lo terminó llevando Ingmar Bergman por Como en un espejo (Såsom i en spegel). El propio Berlanga relataba en la siguiente crónica su experiencia tras su única nominación a los Oscar:

«Recuerdo aquel viaje a Los Ángeles como un hecho maravilloso, porque en aquel momento ser nominado era lo mismo que recibir el Oscar. Después, desde que se lo concedieron a Garci, a Almodóvar y a Trueba, todos los que son nominados tienen además posibilidades de llevárselo, porque por fin alguien en España lo ha conseguido. Pero entonces no. En 1962, cuando Plácido, el premio era ser nominado; lo de ganarlo no era ni siquiera un sueño. Lo que ocurre es que la gente, por lo general, nunca ha sabido distinguir entre una película seleccionada para el Oscar y una película nominada. Y esta confusión dependía sobre todo de la malicia y de la picaresca del productor de turno. Porque la selección es algo que hace en España la Dirección General de Cine, que dice qué película va a Hollywood representando a nuestro país, lo mismo que hacen otros cuarenta o cincuenta países. Luego es en Estados Unidos, en la propia Academia, donde quedan limitadas sólo a cinco las películas nominadas, las cinco películas extranjeras en lengua no inglesa que a juicio de la Academia de Hollywood son las mejores del año. En mis tiempos, en aquellos años sesenta, había productores que ponían de forma muy destacada «Película seleccionada para el Oscar», con unos titulares enormes, en la publicidad de la película. Y otros que siendo nominados, que era más importante, no hacían publicidad de ello, o mucha menos, con lo cual la denominación pasaba desapercibida. Y es que la nominación es un techo mucho más alto que la selección, y por eso para mí era ya como tener el Oscar… En nuestra época, no sólo para mí sino para los demás que fueron nominados –aunque no lo he comentado con ellos-, el hecho de la nominación era ya el máximo techo al que habíamos llegado. Sentíamos una excitación casi erótica, una satisfacción brutal porque representaba que ibas a ir a Hollywood como nominado, y allí te esperarían con un ceremonial maravilloso desde el principio.

Para empezar, cuando bajamos la escalerilla del avión, había dos señoritas esperando para recibirnos y acompañarnos, dos jovencitas que en nuestro caso fueron nada menos que Jane Mansfield, la célebre rubia tetona y maravillosa que se decapitó después en un accidente, y Angie Dickinson. Dos señoritas –dos grandes actrices, como es la costumbre- que nos esperaban con dos ramos de flores, uno para Alfredo Matas y otro para mí. Después nos llevaron en coche al hotel y nos dijeron que nos atenderían durante nuestra estancia en Hollywood, es decir, que nos acompañarían a los cócteles, a las recepciones, a todos los actos públicos. Y es que la Academia designaba a dos actrices importantes para que hicieran de azafatas o guías de los nominados, pero no a dos actrices del montón sino a dos señoras como la Mansfield, que en aquel momento era la estrella más fulgurante –como la Mae West-, y la Dickinson, una actriz de categoría que todavía está en candelero. En los cócteles a los que nos llevaban estaban los directores de Hollywood, entre ellos los viejos, con los que deseabas encontrarte: King Vidor, William Wyler, Billy Wilder… Directores que se te acercaban, te hablaban –casi todos entendían o hablaban francés- y comentaban tu película, algo de tal escena o de tal secuencia. Aquello era ya para morirse de la emoción: en aquel momento, en plenos años sesenta, un directorcillo español llegaba a Hollywood y el señor Frank Capra le saludaba y hablaba; o el señor Zinneman, a quien recuerdo diciéndome: «Es imposible, no me puedo creer ese presupuesto, porque sólo la escena aquella del reparto de premios, con aquellos extras, no es posible con ese presupuesto.» Te preguntaban cómo se había rodado tal o cual secuencia, o comentaban que les gustaba un determinado final. Era todo una maravilla, una maravilla. Teníamos un intérprete con el que yo me lo pasaba muy bien, un tío serio y aburrido que cuando íbamos en coche por la ciudad nos decía telegráficamente, señalando con el dedo: «rascacielos», «avenida», «palmera»… Como si fuésemos unos catetos. Lo más gracioso fue cuando de repente desembocamos en Santa Mónica, en el boulevard, y señalando el mar nos dijo: «Pacífico».

Nos hospedamos en un hotel muy antiguo –supongo que ahora les llevarán a otros más modernos- pero muy prestigioso, el Beverly Hills, en donde se han rodado grandes películas. Era maravilloso llegar a la habitación y encontrarte con una enorme cesta de frutas. Ahora es más corriente, pero yo era la primera vez que al llegar a una habitación me encontraba con una cesta de frutas del tamaño de una mesa, repleta de frutas de todo tipo colocadas con un gusto exquisito. Y luego, en la piscina del hotel, veías a todos los actores famosos; a Joseph Cotten, ya muy viejo y tumbado al sol, pues no se bañaba nunca; a Steve McQueen, a Elizabeth Taylor… Después de todo eso, lo que menos me impresionó y me interesó, donde más me aburrí, fue durante la ceremonia de entrega de los premios. Entre otras cosas porque estaba Bergman entre los cinco nominados extranjeros, que fue quien ganó, claro. Pero aunque no fuera evidente que iba a ser así –en una entrega de premios nunca se sabe-, a mí la ceremonia no me produjo la más mínima inquietud, y ni siquiera me di cuenta de cuándo llegó el momento de entregar el premio a la mejor película extranjera. Porque, además de que no sabía inglés, me estaba dedicando a mirar a los actores que andaban por allí. Después, la cena también fue aburridísima y ya ni siquiera había gente importante.

Plano final

Anuncio publicitario